La presidenta Claudia Sheinbaum encabezó un acto de canje de armas en las inmediaciones de la Basílica de Guadalupe, donde hizo un llamado a la población a retirar las armas de sus hogares y participar en los programas de desarme voluntario.
“No esperen a que ocurra una tragedia“, expresó la mandataria al invitar a los ciudadanos a entregar armas de fuego como parte de la estrategia federal para reducir la violencia y prevenir accidentes en los hogares.
Sin embargo, más allá del mensaje, el escenario elegido no pasó inadvertido. La realización del evento en las inmediaciones de uno de los recintos religiosos más emblemáticos del país reavivó el debate sobre la delgada línea que separa los actos de gobierno de los espacios con un profundo simbolismo religioso.
Aunque el programa de desarme tiene un componente social y preventivo, críticos consideran que utilizar el entorno de la Basílica de Guadalupe otorga una carga simbólica que puede interpretarse como un intento de vincular una política pública con un espacio de enorme influencia espiritual y cultural para millones de mexicanos.
El acto también ocurre en un contexto donde la estrategia de seguridad del Gobierno federal continúa bajo cuestionamientos por los niveles de violencia que enfrenta el país. Para la oposición, promover el desarme de la población civil resulta insuficiente mientras las organizaciones criminales mantienen acceso a armamento de alto poder y amplias capacidades operativas.
Así, el evento dejó dos lecturas: el llamado presidencial a construir la paz desde los hogares y la discusión sobre si un espacio de profunda identidad religiosa debe convertirse en el escenario para reforzar mensajes y estrategias del Gobierno federal.









