La comunidad de Xicotlán, en el municipio de Chilapa de Álvarez, prácticamente desapareció. Las calles quedaron vacías, las casas abandonadas y el silencio reemplazó la vida cotidiana luego de que decenas de familias huyeran por la violencia que azota la región.
El desplazamiento forzado convirtió al poblado en un pueblo fantasma. De acuerdo con los reportes, el único habitante que permaneció en la comunidad fue un hombre de 77 años, quien resistió al abandono y la amenaza criminal mientras el resto escapó para salvar la vida.
La escena retrata el nivel de descomposición que vive Guerrero, donde comunidades enteras quedan atrapadas entre grupos criminales, amenazas armadas y la ausencia total del Estado. Mientras desde el gobierno federal se insiste en que la estrategia de seguridad avanza, en zonas rurales la realidad es otra: pueblos vacíos, familias desplazadas y ciudadanos olvidados.
Habitantes de la región han denunciado durante años el control territorial del crimen organizado, así como el miedo constante que obliga a miles de personas a abandonar sus hogares sin garantías de retorno.
Xicotlán se suma así a la larga lista de comunidades desplazadas en México, una tragedia humanitaria que rara vez ocupa el centro del discurso oficial, pero que continúa creciendo en silencio. El hecho de que solo un anciano permanezca en el pueblo refleja no solo el terror que domina la zona, sino también el abandono institucional que enfrentan las comunidades más vulnerables del país.








