Un video que circula en redes sociales muestra a José Alfredo T. asegurando que cayó en el alcoholismo y las drogas debido al trato que recibía de su familia, a quienes acusó de obligarlo a trabajar sin descanso.
“Yo fui un alcohólico, drogadicto por culpa de ellos porque me obligaban a trabajar como si uno no sintiera cansancio”, expresa en la grabación difundida tras la tragedia ocurrida en un rancho de Tehuitzingo.
El sujeto es señalado como presunto responsable del asesinato de 10 personas durante la madrugada del domingo. Entre las víctimas se encontrarían siete familiares directos —madre, padre, hermanos, cuñada y una sobrina— además de tres trabajadores del rancho.
Las primeras líneas de investigación apuntan a una posible venganza derivada de presuntos años de maltrato, explotación laboral y conflictos familiares, aunque las autoridades continúan con las indagatorias para esclarecer el móvil y las circunstancias exactas del caso.
La masacre ha provocado conmoción en Puebla y reavivado el debate sobre salud mental, violencia intrafamiliar y abandono institucional en comunidades donde muchas veces los conflictos familiares escalan durante años sin atención psicológica, social o legal.
El caso también vuelve a exhibir el clima de violencia extrema que golpea distintas regiones del país, donde tragedias familiares terminan mezclándose con consumo de sustancias, resentimiento acumulado y acceso a armas o métodos letales sin intervención preventiva de las autoridades.







