Un video que circula en redes sociales muestra a una pareja caminando, abrazada y empujando una carriola. A simple vista, podría parecer una escena cotidiana y familiar. El problema surge cuando ambos pierden aparentemente el equilibrio en repetidas ocasiones mientras llevan consigo a un bebé.
En redes sociales, el video ha sido atribuido a Luisa María Alcalde, presidenta nacional de Morena, y al diputado morenista Arturo Ávila. La publicación que detonó la polémica sostiene que ambos se encontraban en presunto estado de ebriedad y cuestiona el riesgo al que habría estado expuesto el menor.
Más allá del debate sobre una noche de convivencia, el episodio adquiere una dimensión política por tratarse de dos figuras visibles de Morena. Y ahí aparece la pregunta incómoda: ¿la llamada transformación también aplica cuando se trata de los propios dirigentes?
Durante años, el discurso de Morena ha insistido en la austeridad, la responsabilidad pública y la defensa de determinados valores como parte de su identidad política. Por eso, cuando imágenes de sus dirigentes generan cuestionamientos sobre conductas personales, la crítica no tarda en aparecer.
El punto central, sin embargo, no debería ser únicamente si una persona tiene derecho a divertirse. El verdadero debate está en el comportamiento que se observa en el video y, sobre todo, en la presencia de un bebé mientras aparentemente los adultos tienen dificultades para mantenerse en pie.
Eso sí: hasta el momento, el video por sí solo no permite establecer de manera concluyente que ambos estuvieran alcoholizados, por lo que cualquier acusación en ese sentido debe manejarse como una versión y no como un hecho comprobado.
Pero políticamente el golpe ya está dado. Porque cuando quienes exigen responsabilidad a los demás terminan protagonizando imágenes que generan cuestionamientos sobre su propia responsabilidad, la ciudadanía tiene todo el derecho de preguntar si existe congruencia entre el discurso público y la conducta privada.








