La creciente confrontación entre la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) y el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum tiene su origen, según los propios maestros disidentes, en compromisos realizados durante la campaña presidencial de 2024 que hasta ahora no se han materializado.
Entre las principales demandas del magisterio se encuentra la homologación salarial para alcanzar niveles equivalentes al salario promedio registrado ante el IMSS, así como la derogación de las reformas pensionarias de 1997 y 2007 impulsadas durante los gobiernos de Ernesto Zedillo y Felipe Calderón, cambios que transformaron el sistema de retiro de millones de trabajadores.
Los integrantes de la CNTE sostienen que esas promesas generaron expectativas legítimas y que, una vez en el poder, el gobierno federal modificó su discurso al argumentar limitaciones presupuestales y técnicas para concretar algunos de esos planteamientos.
La situación ha generado una paradoja política. Durante años, Morena encontró respaldo en diversos movimientos sociales que compartían causas comunes con la izquierda gobernante. Sin embargo, ahora algunos de esos mismos grupos se han convertido en sus principales críticos y movilizadores.
El desencuentro también ha provocado una guerra narrativa. Mientras dirigentes magisteriales afirman que únicamente exigen el cumplimiento de compromisos asumidos públicamente, desde sectores afines al oficialismo han surgido señalamientos que acusan a la CNTE de actuar con motivaciones políticas o de favorecer intereses opositores.
Las tensiones alcanzaron un nuevo nivel cuando algunos grupos vinculados a la coordinadora advirtieron que podrían intensificar sus movilizaciones durante los preparativos del Mundial de Futbol de 2026 para aumentar la presión sobre las autoridades federales.
Más allá de quién tenga la razón en el conflicto, el episodio exhibe una realidad incómoda para cualquier gobierno: las promesas de campaña pueden ser una poderosa herramienta electoral, pero también se convierten en una fuente de presión cuando quienes las escucharon exigen resultados concretos.
Hoy, la CNTE no se encuentra enfrentada con un gobierno que considere ideológicamente adversario. Su inconformidad surge precisamente porque considera que la administración actual aún no ha cumplido demandas que fueron parte central del diálogo político que acompañó la transición presidencial.
Y en política, pocas cosas generan más descontento que la percepción de una promesa incumplida.








