Ciudad de México.- En un discurso tan frontal como polémico, el dirigente nacional del PRI, Alejandro Moreno Cárdenas, cerró la puerta a las candidaturas externas y ciudadanas para la elección presidencial de 2030, al asegurar que esa estrategia ya fue probada y fracasó rotundamente en los procesos electorales de 2018 y 2024.
Con un lenguaje poco habitual para un líder partidista, Moreno reconoció las severas derrotas sufridas por el tricolor en los últimos años y dejó claro que no está dispuesto a repetir la fórmula. “En el 18 nos dieron una chinga y en el 24 una super madriza”, expresó al referirse a los resultados electorales que redujeron al PRI a una de las etapas más complicadas de su historia reciente.
El dirigente sostuvo que el partido cuenta con cuadros propios capaces de competir por la Presidencia de la República y rechazó la idea de buscar perfiles ciudadanos o figuras externas para encabezar un eventual proyecto opositor.
“La gente quiere que pongamos uno que parece honesto, que es buena persona. ¿Quién les ha dicho que eso quiere la gente? La gente lo que quiere hoy es quién resuelve los problemas del país”, afirmó, argumentando que la capacidad de gobierno debe prevalecer sobre la construcción de candidaturas basadas únicamente en atributos personales o imagen pública.
Las declaraciones reflejan una apuesta arriesgada para un partido que aún intenta recuperarse de años de desgaste electoral y que, pese a mantener presencia territorial y representación legislativa, continúa lejos de los niveles de competitividad que tuvo durante gran parte del siglo XX.
La postura de Moreno también marca distancia respecto a las estrategias de coalición que han caracterizado a la oposición en los últimos años. El mensaje es claro: el PRI buscará reconstruirse desde sus propias filas y pretende demostrar que todavía posee perfiles capaces de competir sin depender de figuras externas para atraer votantes.
Sin embargo, la decisión abre interrogantes sobre la capacidad real del partido para reconectar con amplios sectores de la ciudadanía. Aunque el dirigente presume los cerca de siete millones de votos obtenidos en 2024 como prueba de que el PRI sigue vivo, sus detractores señalan que esa cifra también evidencia la enorme distancia que lo separa de las fuerzas políticas dominantes.
Más allá de la retórica combativa de su presidente, el desafío para el PRI no parece ser únicamente encontrar un candidato para 2030, sino convencer al electorado de que representa una alternativa viable después de dos derrotas históricas y de una crisis de confianza que aún pesa sobre su imagen.
La declaración de Alito deja una conclusión política contundente: el PRI ya no busca salvadores externos. Ahora apuesta a sobrevivir y competir con sus propias estructuras, aun cuando buena parte de la opinión pública sigue asociando al partido con los errores que lo llevaron a perder el poder. La incógnita es si esa estrategia representa una muestra de confianza o el reconocimiento de que ya no tiene otra opción.








