La presidenta Claudia Sheinbaum terminó por admitir lo que durante años fue evidente: en Morena nunca hubo una intención real de llevar a juicio a expresidentes.
Al reconocer que “no hubo mayor interés” en la propuesta, se desmorona una de las promesas más emblemáticas de la llamada Cuarta Transformación, utilizada durante años como bandera política para ganar respaldo ciudadano.
El discurso de combate a la corrupción, impulsado desde el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, queda hoy exhibido como una estrategia de narrativa más que como un compromiso genuino con la justicia. La consulta popular, los señalamientos y las promesas quedaron en el terreno de lo simbólico, sin consecuencias reales para ningún exmandatario.
La declaración de Sheinbaum no solo confirma la falta de voluntad política, sino que también evidencia un patrón dentro de Morena: prometer justicia mientras se evita tocar a las élites del poder.
Lejos de marcar distancia, la actual administración parece consolidar la misma lógica de impunidad que en su momento criticó, generando cuestionamientos sobre la congruencia y credibilidad del movimiento en el gobierno.
Hoy, la narrativa se cae por su propio peso: ni justicia, ni juicio, ni consecuencias. Solo discurso.







