El escándalo que rodea la fiesta de Natalia Suárez del Real – Delegada de Bienestar en Puebla– no es un asunto superficial ni un chisme de redes sociales: es un símbolo del divorcio entre el discurso político y la realidad. La ostentación, el despilfarro y la frivolidad exhibidos no solo resultan ofensivos, sino profundamente incongruentes con el proyecto político que dice representar.
No se trata de criminalizar una celebración privada, sino de señalar la responsabilidad pública de quien hoy ocupa un cargo que exige sensibilidad social, mesura y congruencia. En tiempos donde millones de personas sobreviven con lo mínimo, la exhibición de lujos no es neutral: es un mensaje, y uno muy claro.
Hay dos razones fundamentales por las cuales esta celebración jamás debió ocurrir en esos términos:
Primero, porque la Delegada de Bienestar en Puebla fue integrada al equipo después de haber jugado con el grupo político contrario, del ahora líder de Morena en el Senado, Ignacio Mier Velazco. Esa circunstancia obligaba, como mínimo, a actuar con prudencia, bajo perfil y responsabilidad. Cuando se llega desde el otro lado, la congruencia no es opcional: es una exigencia política y ética.
Segundo, y aún más grave, porque es delegada de @Bienestar_Pue, una dependencia cuyo objetivo central es atender a los más pobres, a los olvidados, a quienes viven al día. Resulta insultante que desde una posición ligada al combate a la pobreza se normalicen excesos que lastiman la dignidad de quienes no tienen nada que celebrar.
La Cuarta Transformación ha construido su legitimidad sobre una premisa contundente y reiterada hasta el cansancio: “No puede haber gobierno rico con pueblo pobre”.
Entonces la pregunta no es si la fiesta fue legal o privada. La pregunta es: ¿dónde quedó la congruencia?, ¿Dónde queda el compromiso con la austeridad republicana?, ¿Dónde queda el respeto por quienes hacen filas para recibir apoyos mínimos mientras sus representantes celebran con lujos?
Este tipo de conductas erosionan la credibilidad del proyecto, alimentan el cinismo ciudadano y refuerzan la idea de que, para algunos, la transformación termina justo cuando comienza el privilegio. La incongruencia no es un error menor: es una traición al discurso, al cargo y al pueblo.
Porque en política, especialmente en la que recuerda todos los días a los pobres, las formas también importan. Y cuando el mensaje que se envía es de exceso, el daño ya está hecho








