La escena narrada por Mario Di Constanzo no es un chisme de pasillo ni una anécdota menor: es una radiografía brutal del poder real en Morena y, de paso, del desorden que se gesta en el corazón de la llamada Cuarta Transformación.
El 19 de enero, Palacio Nacional volvió a confirmarse no sólo como sede del Poder Ejecutivo, sino como el verdadero comité central del partido en el poder. Hasta ahí llegaron Luisa María Alcalde y Andy López Beltrán, presidenta y secretario de Organización de Morena, respectivamente, para rendir cuentas políticas a la presidenta Claudia Sheinbaum. No a un consejo partidista. No a la militancia. A la presidenta.
El mensaje es claro: quien quiera entender cómo funciona Morena, que deje de buscar estatutos y revise la agenda de Palacio Nacional.
El pretexto fue “revisar temas político-electorales” a ocho meses del arranque formal del proceso de 2027. El trasfondo, sin embargo, es mucho más preocupante. Las encuestas, los sondeos y los análisis coinciden en algo que en Morena ya no pueden tapar con discursos: el partido guinda no va caminando al triunfo, sino a una derrota histórica. Siete u ocho gubernaturas de las 17 en disputa podrían perderse. Una sangría que no se explica sin errores internos, soberbia y fracturas cada vez más visibles.
En otros tiempos, este tipo de reuniones habrían sido impensables o, al menos, disimuladas. El viejo mantra de que “gobierno y partido no son lo mismo” murió hace rato. Hoy ni siquiera se guarda la forma: los dirigentes morenistas entran a Palacio Nacional como si fuera su casa, mientras que los líderes opositores tienen la puerta cerrada. El poder no sólo se ejerce, se presume.
Pero el momento clave del encuentro —el que desnuda la crisis— llegó cuando Andy López Beltrán tuvo que explicar su chamba como secretario de Organización. Al preguntarle la presidenta sobre las entidades donde Morena va perdiendo, la respuesta fue tan corta como demoledora:
“Yo sólo le informo a mi papá”.
No fue una broma. No fue una evasiva elegante. Fue una confesión de lealtades.
El silencio posterior de Claudia Sheinbaum dice más que cualquier comunicado. Estupefacta, cortó la conversación y recurrió a Luisa María Alcalde para cerrar la reunión. El poder formal acababa de chocar de frente con el poder heredado. La presidenta de la República descubriendo, en vivo, que hay estructuras dentro de Morena que no le responden a ella.
El remate fue tan seco como revelador:
“Recuerda que tú no tienes fuero”.
Una frase que suena menos a advertencia legal y más a recordatorio político: aquí mando yo… o debería.
La escena descrita por Di Constanzo no sólo exhibe la fragmentación de Morena, sino la del proyecto completo de la cuatroté. Un movimiento que se vendió como cohesionado, disciplinado y distinto a los viejos vicios del PRI, hoy repite —y empeora— las mismas prácticas: centralismo, linajes políticos, lealtades personales y un partido sometido al poder presidencial, pero dividido entre herederos y administradores.
Morena ya no es un bloque. Es un rompecabezas mal armado. Y Palacio Nacional, lejos de ser el punto de equilibrio, se está convirtiendo en el escenario donde se exhiben sus grietas.







